
Carlota Corredera no ha vuelto a ser la misma desde que el color fucsia inundó su vida. Lo que comenzó como un compromiso profesional y feminista con el testimonio de Rocío Carrasco ha terminado convirtiéndose en un calvario personal que la periodista gallega describe con una crudeza desgarradora:
«He pasado miedo» y «he vivido las cosas más terroríficas de mi vida».
El precio de la verdad
La que fuera la presentadora estrella de las mañanas y tardes de Telecinco ha roto su silencio sobre la factura —profesional y psicológica— que le ha pasado su implicación en la docuserie. Para Corredera, no se trató solo de un cambio de programa o de un despido mediático; se trató de enfrentarse a lo que ella denomina «la historia más oscura» de su carrera.
«Hay mucha mierda, mierda muy dolorosa»
Ha llegado a confesar, refiriéndose a las amenazas y al acoso sistemático que ha recibido por dar la cara por las víctimas de violencia de género.
«Lo volvería a hacer»
A pesar de reconocer que el coste ha sido «un precio muy alto», Carlota se mantiene firme en sus convicciones. Desde su exilio forzado de los grandes platós, asegura que su objetivo siempre fue dar visibilidad a una realidad silenciada, aunque ello supusiera ser señalada por los «negacionistas» y perder su estatus en la cadena que fue su casa durante más de una década.
La periodista insiste en que, a pesar del terror vivido y de los momentos de pánico que la han llevado a temer por su seguridad, el orgullo de haber contribuido a un cambio social supera cualquier represalia. Sin embargo, su testimonio deja una pregunta incómoda en el aire: ¿Hasta qué punto es libre una periodista en España cuando defender a una víctima puede significar el fin de su carrera y su tranquilidad personal?