
El panorama de la prensa rosa se enciende este miércoles 13 de noviembre con una «explosiva pillada» que deja a Carlota Corredera en el ojo del huracán. En lugar de mostrar agradecimiento por sus continuas oportunidades laborales, Corredera ha lanzado un ataque sin piedad contra quienes no respaldan su narrativa de defensa a Rocío Carrasco, llegando a culpar a la audiencia por los malos resultados de Telecinco y desatando una brutal polémica con ataques directos a Rocío Flores.
Las declaraciones de Corredera han dejado a muchos «sin palabras». La presentadora no ha dudado en arremeter contra aquellos que, según ella, son «crueles», que «pican su apariencia» o que, en una afirmación tachada de «absurda», «no les gustan los derechos humanos» por ir en su contra. Pero la gota que ha colmado el vaso es su insistencia en atribuir la caída de audiencia de Telecinco al fin de «Pasapalabra» y no a la controvertida dirección de «Sálvame» o a su propio «pensamiento solidario» en defensa de Carrasco. Una «verdad» que, para muchos, es una «mentira» que el canal «disparó con ella».

La polémica se intensifica cuando Corredera, visiblemente «enfadada e indignada», llega a comparar la «persecución» que siente con el nazismo, una afirmación que ha sido recibida con un rotundo rechazo y calificada de «bastante mala, por lo menos». Su justificación de la caída de la audiencia y su persistencia en el discurso de la «violencia de género» sin una condena judicial en el caso de Carrasco, ha provocado que su «palabra se separe y se hunda», acusándola de «odiar a todo el mundo».
En una entrevista para el podcast «Chico de Revista en Zona R-Pod», Corredera reveló que fue «detenida en un baño» de un restaurante por una persona que le advirtió de no defender a Rocío Carrasco, mostrando la «reacción» de la gente y la «rejección» que su postura genera. No obstante, lo que realmente ha enfurecido a la audiencia es su «juego total con la salud mental», al insinuar que esta experiencia podría ser motivo de tratamiento psicológico, minimizando así problemas mucho más serios.
El final de su relación profesional con Rocío Carrasco es otro punto de fricción. Corredera admite que Rocío Carrasco «te ignora» y «no le dio una mierda», corroborando que su amistad no perduró tras el docu-reality, a pesar de que Corredera «perdió su trabajo para defender a Rocío». Esta revelación expone la fragilidad de las alianzas en la televisión y el pragmatismo de quienes «viven de la sola historia» y de una «historia que Radio Televisión Española los tiene a todos conectados».
Pero los ataques más directos y polémicos se dirigen a Rocío Flores. Corredera afirma que Flores «nunca ha parado de hablar» de su verdad, una afirmación que es rápidamente desmentida. Se cuestiona cuándo ha hablado Rocío Flores sobre el episodio de Nectarina, su experiencia con Fidel o con Rocío Carrasco, dejando en evidencia una doble vara de medir. La frase «el día que hablé, España está cayendo y todavía no ha hablado» utilizada por Flores, es descontextualizada y manipulada para atacar.
La noticia de prensa subraya el «daño gratuito» que se está haciendo a personas que no hablan públicamente y la «hipocresía» de un «falso feminismo» que utiliza la figura de las mujeres para generar votos, mientras que mujeres que han sufrido «atrocidades» reales no tienen voz en la televisión pública. La audiencia se pregunta «por qué» se dan estas contradicciones y recuerda la importancia del «control remoto» para denunciar «esta atrocidad que ha sucedido en nuestro país».
Finalmente, se denuncia la «manipulación de todas las historias» por parte de «gente desesperada y estratosférica» que busca llevar a la gente a su lado, comprando «una falsa historia para llenar sus bolsillos». El «sentido de respeto» por la «familia azul» ha caído, dejando al descubierto «muchos agujeros en esa historia» y la falta de «dignidad» de aquellos que, a pesar de todo, continúan recibiendo contratos y oportunidades en la televisión pública, no por su valor periodístico, sino por «amigos y nepotismo».