
La segunda gala principal de Gran Hermano 20 ha marcado un antes y un después en la historia del reality más veterano de la televisión española. Lo que debía ser un impulso tras el estreno se convirtió en un desplome sin precedentes: un 6,2% en su primera parte y un 11,8% en el tramo principal, cifras que dejan a Telecinco en estado de máxima preocupación.
El programa, conducido por Jorge Javier Vázquez, ofrecía ingredientes de peso —expulsión, convivencia al límite y primeras nominaciones—, pero nada de ello logró frenar la sangría de espectadores. Apenas 714.000 personas siguieron de media la gala, que perdió cuatro puntos respecto a la semana anterior y casi 200.000 seguidores. El resultado medio, sin fragmentación, se quedó en un alarmante 8,9%.
Nunca antes Gran Hermano había registrado audiencias tan bajas en su entrega troncal. El formato, que durante años fue sinónimo de liderazgo, cedió frente a Futuro imperfecto de Andreu Buenafuente en La 1, que logró un 12,4% y 930.000 espectadores. La derrota en competencia directa (11,1% frente a 12,4%) confirma que el público ha dado la espalda al reality.
El desastre no se limita a la gala. El previo diario, presentado por Nagore Robles, se hundió en un pírrico 5,3% y poco más de 550.000 espectadores, lo que precipitó su cancelación inmediata. A ello se suma un daytime debilitado, con franjas que apenas superan el 7% y el 9%, provocando que Telecinco cerrara la jornada con un 8,4% de cuota global, uno de sus peores registros históricos.
La caída de Gran Hermano 20 no es solo un tropiezo: es el síntoma más visible de la crisis estructural que atraviesa Mediaset. El reality que durante dos décadas fue su buque insignia se enfrenta ahora a un futuro incierto, con la sombra de la irrelevancia acechando a un formato que parecía eterno.