
OPINIÓN. — Seamos sinceros: lo de Irene Rosales y Kiko Rivera ya no es un divorcio, es un culebrón nacional que nos tiene a todos pegados a la pantalla, pero que empieza a dejar un regusto amargo. ¿Qué está pasando realmente en esa casa (y en esas cabezas)?
Por un lado tenemos a Kiko, que parece haber pasado del «te quiero» al «te voy a quitar hasta el aire» en tiempo récord. Sus ataques en televisión hablando de convenios, euros y supuestas infidelidades huelen a kilómetros a un orgullo herido.
Es el clásico perfil de quien no soporta ver que la otra persona ha pasado página, tiene trabajo propio y, lo más importante, ¡es feliz sin él!
Y por otro lado está Irene. La mujer que durante años fue el pilar, la que callaba y otorgaba, ha dicho basta. Su frase de «me siento imbécil» ha resonado en miles de casas porque representa a todas esas personas que se olvidan de sí mismas por salvar a su pareja. Irene ha activado el modo «blindaje», pero la pregunta es: ¿se puede blindar uno cuando tu ex decide airear hasta la factura del móvil en horario de máxima audiencia?
La psicología aquí es clara: mientras uno intenta destruir el pasado para no ver su presente, la otra intenta construir un futuro rompiendo las cadenas del pasado. Pero en medio de esta guerra de reproches, facturas de 600 euros y pullitas en directo, hay dos niñas que no entienden de convenios ni de deudas emocionales.
¿Estamos ante el final de la «Irene paciente» y el nacimiento de una nueva estrella mediática? ¿Es Kiko un padre dolido o un ex despechado que no sabe cómo gestionar su nueva realidad?