
MADRID — El universo de las herencias y el legado de Rocío Jurado ha vuelto a sufrir un vuelco definitivo. En el marco de la emisión de la docuserie En el nombre de Rocío por Telecinco, ha salido a la luz un documento histórico de vital trascendencia: una carta manuscrita redactada por Ana Iglesias, la que fuera albacea y abogada de máxima confianza de ‘La más grande’.
El escrito no solo aclara el reparto de la herencia, sino que confirma por escrito una realidad que transforma la narrativa familiar: Rocío Jurado dejó una gran cantidad de bienes a sus hermanos, Amador y Gloria Mohedano, no por un favoritismo ciego, sino como un movimiento estratégico de blindaje para proteger a su hija mayor y heredera universal, Rocío Carrasco, de las ambiciones económicas del resto de la familia.
«Comerse a su hija»: El temor que cambió el testamento
Según detalla de puño y letra Ana Iglesias, la artista gaditana modificó sus voluntades a última hora plenamente consciente de la dependencia financiera que sus hermanos mantenían respecto a ella. El temor de la cantante era claro: si no los dejaba «bien servidos» en el testamento, la presión y el descontento de los Mohedano terminarían traduciéndose en demandas judiciales, ataques mediáticos y agresiones financieras directas que acabarían «comiendo» y asfixiando a Rocío Carrasco.
La abogada recalcó en su manuscrito la naturaleza completamente inusual de este reparto. En la práctica jurídica tradicional, resulta sumamente extraño dejar tantos legados, fincas y propiedades a hermanos y sobrinos cuando existen hijos de por medio, quienes por estricto derecho legal son los legítimos herederos forzosos de la mayor parte del patrimonio.
Una pérdida total de confianza en la gestión familiar
El documento desvelado también saca a la luz otro cambio radical de postura por parte de Rocío Jurado antes de su fallecimiento. En un principio, la artista había pensado en nombrar como albacea a su propia hermana, Gloria Mohedano, y a su cuñado, José Antonio.
Sin embargo, al final de sus días, la desconfianza hacia los criterios de gestión económica de sus hermanos y de sus respectivas parejas la llevó a revocar esa decisión. Fue en ese momento cuando delegó de forma estricta e irrevocable toda la función en Ana Iglesias, asegurándose de que una profesional externa y neutral controlara el reparto y evitara el asalto al patrimonio que tanto temía para su primogénita.